cerditos y patitos

“Como todos sabemos, hay que ser elegante por dentro y por fuera,” dijo la presentadora de la tele. Pero en vez de servir esto como introducción a una tertulia acerca de la auténtica elegancia, resulta que el programa proseguía con un reportaje de las nuevas tendencias de la lencería.

A mí, mostrar a los hombres, por guapos que sean, haciendo deporte en ropa interior no me parece muy elegante. Admito que mostraron unos juegos de bragas y sujetadores – para no decir “juegos íntimos” y arriesgar un malentendido – realmente bonitos, pero no creo que pareciera más elegante si me vistiese de seda y encaje, sino más bien hortera y, sin duda, mucho más incómoda. Y, para mí, sin comodidad no hay elegancia que valga.

Desde luego, para temas como la elegancia y la belleza hay gustos para todo. Incluso los hay para temas más objetivos como la salud. De no ser así, no habría sido necesario que el Gobierno de Asturias se viese obligado a hacerse cargo de un niño con sobrepeso porque, aparentemente, estimaban que los hábitos alimenticios de la familia le ponían al chico en peligro.

Hace poco, hubo otro caso similar en Inglaterra y los medios hablaban de la “negligencia” de parte de la familia del niño. La madre se defendía, argumentando que, si se tratase de un niño a quien no cuidaban, estaría más bien raquítico y hambriento. Según los reportajes del periódico, en el caso de Asturias, “no se trataba de un caso de malos tratos ni de falta de afecto, sino de una percepción errónea de la familia sobre la obesidad.”

Cuesta aceptar la posibilidad de esta percepción errónea hoy en día. Con todo lo del Super Size Me, la prohibición de anuncios y de burgers tipo “super-whopper”, reportajes en el dominical sobre Cómo Comer, etc., es difícil evitar el tema. Sin embargo, parece haber personas que han podido hacerlo.

Según un reciente estudio en Andalucía, más del 99% de los niños españoles comen al menos cuatro raciones de dulces y golosinas cada día. Queda claro que para muchos padres y abuelos dar de comer a un niño todo lo que quiere es una forma de mostrar afecto, y un niño gordo sigue siendo visto como un niño sano.

Entonces, de mayor, tienen tantos complejos acerca de su aspecto físico que hacen cola para apuntarse para la oportunidad de rehacerse delante de las cámaras de ‘reality shows’ tipo Cambio Radical. Esto explicaría por qué unos 45.000 personas se presentaron al casting del programa.

Cuando vi los anuncios para el programa en el periódico – una mujer vendada como una momia, con citas como “podré reír” y “ mi pareja no me dejará” – pensé que sería una nueva campaña contra la violencia doméstica. Aún cuando me enteré de qué iba, me quedé con la duda: interpretar que no era “no me dejará (hacerlo)” sino “no me dejará (se quedará conmigo)” fue bastante complicado para mí.

Prefiero la sangre ficticia y los médicos tipo House, pero para documentar este artículo, decidí ver una de las transformaciones. Esta vez la mujer no era gorda en absoluta. Con sus 41 kilos, la ropa le quedaba grande, y el pueblo se le había quedado pequeño

Tenía 23 años y nunca había visto el mar, ni había ido al cine. Claro que cumplir estos sueños era una parte del proceso de transformación, pero a mí me parece un poco cruel llevarla al Imax de Madrid; con sus pantallas gigantes y efectos especiales: a partir de ahora cualquier cine normal va a ser una decepción.

En el pueblo, tenía muchos “amigos”, o así decían, que se burlaban de su fealdad. Pues entonces, no son lo que yo llamaría amigos. Hablando de ella, su familia la trataba como si fuese inválida, aunque la apoyaban. Sin embargo, tenía novio, estaba animada, y tenía una nariz de emperador romano que la marcaba como alguien con carácter.

Pero quería operarse la nariz; y unas cuantas otras partes de su cuerpo. Y le hicieron todo al precio de ganga de salir en pantalla en un “antes y después” de este show de (poca) realidad. La tenían “sequestrada” durante dos meses enteros mientras le acortaban la nariz, le reducían las orejas, le rellenaban las tetas, le arreglaban los dientes y le operaban los ojos. Luego la mandaron de compras con un “personal shopper” y la dejaron en manos de un estilista.

Es verdad que de todo esto salió más elegante. Pero aparentaba al menos diez años más de los suyos y tenía pinta de toda una señora española sin nada para distinguirla de miles más del mismo tipo.

Otro de los fallos fundamentales del programa es que los cambios son todos superficiales: cambian el aspecto físico de los concursantes sin llegar a cuestionar ni tratar ninguno de sus complejos ni las causas de estos. En teoría cogen a un patito feo y lo convierten en cisne. Pero no le enseñen a volar como cisne y sigue andando como pingüino. Nadie le enseñó a la chica del pueblo caminar con tacones ni subir a un coche llevando minifalda.

Y, por supuesto, no le pusieron un rímel a prueba de lágrimas para la reunión con la familia.

Sin embargo, el pingüino es un ave muy elegante – cuando está en el agua, su entorno natural – y los patitos feos pueden llegar a ser cisnes sin ninguna intervención quirúrgica, sólo con la aceptación de su tipo y naturaleza.

Viendo los anuncios durante el programa, uno se da cuenta de que no sólo en los cuentos uno puede llegar a ser cisne sin ayuda del bisturí. Claro que había todos los spots predecibles de tratamientos de belleza, pero también sacaron dos de Dove con sus modelos “reales”, aunque faltaba lo de la “gente sin complejos” de Dyc. Además, salió Adrien Brody en el anuncio de Schweppes. Él, sin duda es uno de los más feos “guapos” de Hollywood. Pero no lo veo con ganas de operarse la nariz. Y, para mi gusto, él es elegante por dentro con – o sin – la ropa interior que sea.

Author: don't confuse the narrator

Exploring the boundary between writer and narrator through first person poetry, prose and opinion

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